Primera reunión realizada en Ciudad de Buenos Aires —en el Espacio Cultural
Urbano—, donde es retomada la presentación del corto Equilibrium de
Steven Soderbergh, a la manera de una segunda vuelta, subrayando la hipótesis
que se deja leer en la reunión “11,2012”. Allí este corto es tomado como una objeción
al sueño que Edward Bernays nos propone, sueño cuyas coordenadas se encuentran
desarrolladas en el documental “Máquinas de felicidad”. Objeción que ahora planteamos
en estos términos: ¿Qué lugar tiene un acontecimiento banal en el mundo
Bernaysiano, un acontecimiento tal como que alguien se presente con un peluquín
y dispuesto a no escuchar ningún comentario al respecto? Cómo situar eso que no
tiene lugar y qué efectos produce en ese mundo o en ese sueño de Bernays: este es
el punto de vista o perpectiva que el corto Equilibrium
muestra.
Si recordamos el tratamiento que da A. Curtis en su documental a la idea
publicitaria que Bernays propone en base a la demanda de aumentar las ventas de
cigarrillos, para el caso la de incorporar a las mujeres a dicho mercado,
podemos precisar que en primer lugar se trata de generar un acontecimiento que
propague la noticia, generando la expectativa de un “algo ocurrirá”, eligiendo el
lugar apropiado, a los actores indicados, y al medio de recepción pertinente,
el periodístico, para esparcir la noticia así creada. A partir de la cual lo anterior,
como aquello que ocurría y ya no debe ocurrir, se vuelve caduco en la promoción
de sus efectos, considerados así –después de este acontecimiento publicitado- como
deseos anteriormente contrariados o tabúes. Es destacable que, para que la cosa
funcione, se torna necesario el adosado de una frase slogan, que en esa ocasión
fue “antorchas de libertad”.
Es el segundo sueño que aparece en el corto Equilibrium, el destacado en blanco y negro, es aquel que conlleva
la virtud de señalar una recurrencia, puesto que es un sueño donde “se habla”
del sueño, para luego volver a soñar el sueño del cual se habla: el sueño de la
mujer. En este segundo sueño, que abre a la recurrencia, el
interpretante-analista, mientras no deja de atender sus asuntos propios a
través de la ventana, reacciona firmemente ante el posible “in fraganti” del ver
del soñante, lo que nos da la pista de que en lo “no visto” algo se escamotea,
sea porque no es debido o porque es imposible. Hay en ello similitud respecto
de la posición del soñante en lo que concierne al timbre del primer sueño: en
ese ruido o en aquella mirada hay un real
en juego.
Es apreciable que, cuando le es solicitado al soñante dirigirse hacia el
bolso o cartera, ese objeto mencionado entre líneas al modo de una glosa en el
texto del sueño, el soñante se detiene y tiende a reaccionar –límite a la
hipnosis-, y es entonces el
interpretante-analista el que cambia la estrategia induciendo al soñante a
pensar en su trabajo, en los venerados intereses que en ello lo preocupan –aquí
es donde se acentúa el valor de la frase: a su vida le falta algo. Así el
teléfono del primer sueño entra en consonancia con el despertador, y de ello surge,
entonces, la buena idea: lo automático. El problema trastoca así en solución.
Es ese sonido ubicado en el límite del despertar lo que queda entendido como
un llamado, algo del orden invocante que, en su juntura con la demanda, hace
entrar lo que será tomado como un significado, como una noticia dirigida al
interesado, como una respuesta en clave. Pero para que esto pueda conformase como
una buena idea, hace falta el correspondiente slogan: el despertador de tus
sueños. Es así como queda enlazada al sueño Bernaysano, mediante un slogan
metafórico la demanda “a tu mundo le falta algo. En ese hallazgo
tranquilizador, equilibrante, el soñante por su fatiga vuelve al dormir para encontrase
otra vez con su sueño, pero que ahora muestra una modificación: el soñante halla
en el espejo la mirada que se corresponde con su imagen, y ello donde pretendía
encontrar una identidad, un algo.
Así la respuesta Bernaysana es aquella que triunfa apostando a la
metáfora, metáfora que sitúa y establece el equilibrium
del sujeto que así acontece, sujeto que en términos de Bernays remite siempre al
estúpido, es decir, al sujeto del estupor. Preguntamos entonces: ¿La metáfora
despierta o adormece, libera o aliena? ¿Los objetos que hemos situado -a saber,
la mirada que se escamotea, el timbre-despertador, el peluquín, el fuego
iluminista, el aire que aspira la libertad del fumador- son deseables? ¿La
metáfora equilibradora, plus mediante en su efecto, en qué estatuto considera a
dichos objetos, según cual instancia?
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